Llevaba tiempo sin “pensar” por aquí. A veces, nos hacemos tan infinitamente pequeños y tan especialmente frágiles que somos incapaces de hacer frente al sistema monótono y extravagante que la sociedad nos instala en nuestras vidas. La realidad nos fulmina, y somos incapaces de pensar, ni aquí ni allí.
Pero una noticia extravagante, por no decir otra cosa, me ha despertado de mi letargo. Resulta, que en algunos restaurantes bien preciados, está de moda ofrecer al cliente una “Carta de Agua”. Si, pues eso, que te ofrecen una carta con una gran variedad de marcas de agua, nacionales e internacionales, y que hasta te recomiendan, según haya sido tu elección del menú, una marca u otra.
Todas ellas son agua. Está claro que si se analizan sus propiedades cada una tendrá un resultado distinto, pero por favor. Lo que es bien claro, es que por el formato o diseño de sus envases, se trata de una moda o tendencia de cierto corte elitista, y que se refleja en los precios finales. Algunos de estos envases recuerdan claramente al de una botella de perfume. Lógicamente, el precio de una de éstas botellas de agua disfrazada de Loewe puede llegar costar fácilmente siete u ocho euros.
Seguramente, mi paladar no está hecho para tales fines. Ni tampoco mi mente está preparada para entrar en un mercadeo de glamour, marketing y culto al cuerpo con un bien tan preciado y necesario como el agua. Brindaré con tinto si este indecente mercado se ahoga.



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